Ronnie James Dio, la magia que nunca morirá

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Soy uno más. Uno más dentro de la enorme legión de seguidores de Ronnie James Dio que siguen añorando su voz, su carisma y su personalidad. Un vocalista y músico en mayúsculas, emblema del heavy metal, que hoy hace diez años desde que nos dejó en cuerpo, pero no en espíritu. Un alma que sigue viva, muy viva, a través de unas canciones que nunca morirán y que seguirán influenciando a las generaciones venideras.

Pero la leyenda de Ronnie James Dio trasciende mucho más allá del enorme legado musical que dejó detrás. Icono hasta el extremo de acuñar un gesto que ha sido referencia de todo un género, Ronnie era ante todo un músico capaz de dar lo máximo tanto en el plano profesional como en el personal. Los fans saben que en ocasiones es contraproducente conocer a los héroes. Muchos mitos se desvanecen en el cara a cara. No era el caso de Ronnie James Dio, capaz de agrandar su aura con una sonrisa o con un gesto que para sus seguidores significaba todo un mundo.

La memoria es un almacén volátil en ocasiones difícil de organizar. Pero hay imágenes, flashes que perduran a pesar del desgaste del paso del tiempo. Recuerdos indelebles que parecen imposibles de difuminar por muchos años que transcurran. Tan solo trazaré algunos de ellos en agradecimiento a quien tanto nos dio y tanto nos sigue dando cada vez que suena su voz.

El primer recuerdo que me viene a la cabeza de Ronnie James Dio es una fotografía de una previa de un concierto suyo en un periódico de Bilbao. No sé cómo di con ese artículo puesto que lo vi en un viejo ejemplar meses después de que se hubiera celebrado la actuación. Fue en el pabellón de La Casilla en septiembre de 1987. Dio presentaba Dream Evil y unos impetuosos Helloween venían de teloneros con Keeper Of The Seven Keys Part I.

A mis 13 años prácticamente desconocía todo de esta música que para mí entonces comenzaba y terminaba en las fronteras de Whitesnake. Aunque no fui a esa actuación de Dio son muchas las aventuras que he escuchado sobre un concierto tildado de histórico para buena parte de los que asistieron. Que si no sé cuántos seguidores se colaron al pabellón por los baños, que si la policía tuvo que intervenir para ordenar las filas en la entrada, que si Ronnie James Dio estuvo en tal o cual local de Bilbao… Son muchas las leyendas que lo rodean.

En aquella foto Ronnie hacía el gesto de los ‘los cuernos’ con las manos, una señal que tomó prestada de su abuela italiana y que se convirtió en el símbolo universal del heavy metal. A partir de entonces comencé a seguir su carrera con sus tres grandes cimas; Rainbow, Black Sabbath y Dio con discos como Ritchie Blackmore’s Rainbow, Rising, Long Live Rock ‘n’ Roll, Heaven And Hell, Mob Rules, Holy Diver, The Last In Line, Sacred Heart, Dream Evil… Son las tres bandas que siempre marcarán su trayectoria, aunque su carrera había comenzado mucho antes, a finales de los cincuenta, con diferentes grupos y proyectos que desembocaron en Elf como antesala a su entrada en Rainbow.

De mi adolescencia recuerdo especialmente una de mis carpetas escolares que lucía un enorme primer plano de Ronnie que yo portaba con orgullo y deambular con un walkman al ritmo de Holy Diver, toda una fuente de evasión y ensoñaciones con esos mundos mágicos que tan bien sabía transmitir en sus canciones. Aquellos primeros cuatro discos de Dio como grandes estandartes del heavy metal de los años ochenta, el impresionante duelo de talentos que libró con Ritchie Blackmore en los albores de Rainbow, uno de los capítulos musicales más brillantes de los setenta, y aquella reinvención de una leyenda como Black Sabbath que acababan de completar toda una década de éxitos con Ozzy Osbourne a la voz… marcaron los mejores años musicales del vocalista americano.

Cuando empecé a comprar revistas de heavy metal, los mejores capítulos de la trayectoria de Ronnie James Dio empezaban a conjugarse en pretérito. Los titulares hacían especial ahínco en el nuevo guitarrista de tan solo 17 años que había fichado Dio, Rowan Robertson, dispuesto a calzarse los zapatos de Vivian Campbell y Craig Goldy.

La nueva formación del disco Lock Up The Wolves no cuajó y se desmoronó en cuanto Ronnie volvió a las filas de Black Sabbath en una de las reuniones más llamativas de los años noventa, que se tradujo en el disco Dehumanizer. Sin embargo, aquel reencuentro fue mucho más efímero de lo esperado cuando Ozzy Osbourne invitó a Black Sabbath a su ya entonces gira de despedida. Ronnie no aceptó lo que parecía una emboscada y Sabbath tuvieron que sustituirlo con Rob Halford de Judas Priest en aquellos célebres conciertos de Costa Mesa (California).

Ronnie volvió a recuperar su banda, Dio, e intentó sin éxito adaptarse a los sonidos de unos años noventa en los que el heavy metal clásico tuvo que sobrevivir en el más oscuro underground. Discos como Strange Highways o Angry Machines servían para que Dio volviese a la carretera, aunque tuviera que cambiar los grandes pabellones por las salas de medio aforo.

Es en esa época cuando tuve la oportunidad de ver a Dio en directo por primera vez. Fue en marzo de 1997 en la sala Garés de Puente La Reina (Navarra). Presentaba Angry Machines y allí pude comprobar que todo lo que había leído y había escuchado con anterioridad era real y lo teníamos al alcance de la mano. Aunque no atravesara el mejor momento de su carrera en el plano discográfico, sus conciertos a finales de los noventa y en la primera época del nuevo siglo eran brillantes sobre todo por la extraordinaria voz de Ronnie y su enorme carisma.

En aquel primer concierto unos amigos y yo nos quedamos a esperar a Ronnie después de la actuación. Salió de la sala, se apostó en la entrada del autobús de gira y el primer detalle en el que me fijé fue que llevaba una bufanda para proteger una garganta que albergaba su mayor tesoro. Pacientemente saludó, firmó discos y se hizo fotos con todos los fans que se lo pidieron. Y lo hizo con una sonrisa y con un gesto de cariño que denotaba que para él los seguidores no eran un simple número. Qué lejos queda todo esto en unos tiempos en los que las grandes estrellas del rock se han abonado a los meet & greets de precios estratosféricos…

Tres años después, en febrero de 2000, ya licenciado en Periodismo y colaborando con la revista Kerrang! me surgió la irrechazable propuesta de entrevistar a Ronnie James Dio cara a cara. La cita era en Pamplona, donde Ronnie se convirtió en todo un asiduo durante aquellos años y donde se organizó un viaje especial para promocionar su entonces nuevo disco, Magica.

Acudí con unos amigos al hotel en el que nos habían citado, donde saludamos a Ronnie James Dio y a Wendy Dio, su representante. Desde allí acudimos a la tienda de discos Cirkus, donde después de una sesión de firmas Ronnie James Dio nos concedió una entrevista, que posteriormente sería publicada en Kerrang!

En la entrevista Dio era claro, directo, no se andaba con rodeos y no evitaba ninguna pregunta por incómoda que fuera. Con una mente rápida y lúcida, Ronnie se enfrentaba a la prensa con la misma profesionalidad con la que acometía todas y cada una de sus facetas. A día de hoy aquella sigue siendo una de las entrevistas que más he disfrutado en mi vida. Me queda también otro detalle de cómo era Ronnie en el plano personal. Yo había dejado mi chaleco sobre una mesa durante la entrevista. Nada más terminar, Ronnie se levantó, lo cogió y me ayudó a ponérmelo.

Pero el día no había acabado, los organizadores de aquel evento tenían una grata sorpresa para la afición navarra de Dio. Habían preparado una fiesta en la antigua sala Artsaia en la que la banda Amilunio había seleccionado un repertorio de temas de Black Sabbath y Dio para agasajar al vocalista. Nosotros también acudimos allí y una vez llegamos a la sala, la encargada de la promoción nos pidió que acompañáramos a Ronnie y Wendy durante una fiesta que nunca olvidaremos.

La sorpresa para todos llegó cuando el propio Ronnie James Dio se subió al escenario para acompañar a la banda en dos temas icónicos que han definido su carrera; Holy Diver de Dio y Long Live Rock ‘n’ Roll de Rainbow. Otro ejemplo de la clase de persona que era Dio, capaz de anteponer a sus fans a todo lo demás y mostrarse generoso a más no poder.

Afortunadamente aquella no fue la única entrevista que tuve con Dio. Dos años más tarde volvimos a hablar, en esta ocasión por teléfono. Entonces se encontraba promocionando su siguiente disco de estudio, Killing The Dragon (2002), y accedió incluso a recordar detalles de sus comienzos en la música. Acostumbrado a entrevistar a numerosos músicos que no se salen del guion establecido y que temen incluso decir una palabra de más, hablar con Dio era un auténtico placer por su cercanía y su sinceridad.

Sobre un escenario Ronnie James Dio era prácticamente imbatible. Quienes tuvimos la fortuna de verlo en directo, recordamos la potencia y todos los matices de una voz que engrandeció tanto el heavy metal como todos los estilos por los que transitó en su larga carrera musical. Una voz que, a diferencia de una gran mayoría de sus colegas, no acusó el paso de los años. Además, contaba con un carisma innato y, una vez más, una profesionalidad envidiable que le permitía afrontar una actuación en una sala de un pueblo como si se encontrara en pleno Madison Square Garden de Nueva York.

En los últimos años de su carrera volvió a revivir su etapa de Black Sabbath, aunque en esta ocasión decidieron rebautizar la banda como Heaven & Hell, el disco más emblemático con Dio a la voz. En la segunda mitad de la primera década del siglo todo parecía ir bien para Ronnie hasta que en 2009 llegó la maldita enfermedad. Un cáncer de estómago del que se estuvo tratando en el M.D. Anderson Cancer Center de Houston.

En la primavera del año siguiente su condición se agravó hasta que tristemente falleció el 16 de mayo de 2010. Aquel fin de semana yo estaba en Granada en un viaje de trabajo. Curiosamente aquella madrugada estuvimos en el Pub Rainbow en el que sonaron una o varias canciones interpretadas por Dio, aunque no podría precisar cuáles. A la mañana siguiente conocí la terrible noticia que dejó un vacío enorme que nunca se ha llenado, y que nunca lo hará.

Dio era magia, como él mismo solía escribir en las dedicatorias de sus firmas. Una magia capaz de transportarte a mundos oníricos y de fantasía. Una magia que engrandeció todo un estilo de música. Una magia que sigue viva cada vez que suena su voz. Una magia que afortunadamente nunca morirá.

Pedro Alonso

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