SLAYER, ANTHRAX, KVELERTAK, Sala Santana 27, Bilbao

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SLAYER
ANTHRAX
KVELERTAK
Sala Santana 27, Bilbao
30 de octubre de 2015

Los titanes del thrash siguen chocando tres décadas después

No había dudas de que sería la gira de metal del año y así lo refrendó el respaldo mayoritario de los aficionados. Daba igual que haya más conciertos que días o que el precio de la entrada pareciera prohibitivo a priori. Ver juntos los nombres de Slayer y Anthrax remueve los estómagos de todos los fans del thrash metal, por muy curtidos que estén. Una semana antes ya se anunció que tanto el concierto de Bilbao como el de Madrid colgarían el cartel de ‘sold out’ (todo vendido), y prácticamente acabaría pasando lo mismo en Barcelona.

Son dos de los pesos pesados del thrash metal internacional, junto con Metallica y Megadeth conformaron el venerado ‘The Big Four’ (los cuatro grandes) del género. Slayer venían para presentar su nuevo disco, Repentless, y Anthrax a la espera de sacar su próximo trabajo, que verá la luz a comienzos de 2016. Juntos forman un tándem prácticamente imbatible, como así lo atestiguaron los asistentes que abarrotaron la bilbaína sala Santana 27, que cumplió perfectamente con el aforo legal. Estaba hasta los topes pero no había sensación de agobio.

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Pero antes del concurso de los titanes del thrash concurrían unos teloneros jóvenes pero de prestigio: los noruegos Kvelertak. Su reputación ha crecido como la espuma en los últimos años, por lo que había expectación por ser testigos de su propuesta. Salieron a las 19.15 horas ante una sala que ya estaba prácticamente llena, liderados por el vocalista Erlend Hjelvik, que portaba una máscara de búho en la cabeza.

El sexteto, dominado por el sonido de sus tres guitarristas, desplegó un calidoscopio de estilos en los 43 minutos que estuvieron sobre el escenario de Santana 27. Se mostraron intensos en su puesta en escena con un Hjelvik que no paraba de agitarse ni un segundo. Alternaron el material de los dos discos que tienen en el mercado y sorprendieron en Bilbao, aunque muchos de los seguidores no supieron dónde ubicarlos. Lo mismo tocaban rock ‘n’ roll que hardcore, hard rock, punk… y todo ello aderezado por una voz muy extrema. Concluyeron con su tema más pegadizo, que es el que precisamente les denomina; Kvelertak.

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ANTHRAX

Puntuales a más no poder salieron los neoyorquinos Anthrax, uno de los cuatro grandes bastiones del thrash metal mundial y un grupo al que no se le puede aplicar el calificativo de telonero. Unas molestias físicas impidieron la presencia del batería Charlie Benante, que fue suplido por Jon Dette, quien puede presumir de un currículo abrumador tras haber militado en Slayer, Testament, Iced Earth, Heathen

Prescindieron de A.I.R., con la que estaban abriendo algunos conciertos de esta gira, para arrancar con Caught In A Mosh, del Among The Living. No dieron tregua y enlazaron con la iracunda versión de Joe Jackson, Got The Time, que fue en su día uno de los mayores avales del Persistence Of Time, y con la siempre efectiva Madhouse.

La estrategia había sido la correcta. Habían insertado una terna de clásicos de entrada consiguiendo meterse a la audiencia en el bolsillo. La penumbra de Kvelertak se tornó en brillo en el concierto de unos Anthrax que gozaron de las mejores luces de la noche y de un gran sonido.

El vocalista Joey Belladonna transmitía cercanía con sus seguidores y no paraba de interactuar con ellos en todo el concierto. El peso de la actuación no solo recaía en él; a su lado emergía la colosal figura en directo del bajista Frank Bello, absolutamente poseído sobre las tablas de Santana 27. Su entrega fue espectacular, su energía contagiosa parecía la de un joven que tiene todo por demostrar y no la de un músico que lleva más de treinta años en la misma banda.

Antisocial, la archiconocida versión de los franceses Trust, recibió una de las mayores acogidas de la noche. Scott Ian se mostraba serio y concentrado en las seis cuerdas mientras Jonathan Donais (ex Shadows Fall), el otro guitarrista, confrontaba una aparente timidez con una buena ejecución de los solos. Jon Dette triunfaba por el simple hecho de que la mayoría de los fans no echaban de menos a Charlie Benante. Scott Ian explicó que tienen un disco en la recámara al tiempo que presentaba el tema nuevo Evil Twin.

Anthrax son conscientes de que su, de momento, último lanzamiento (Worship Music) contiene algunas piezas esenciales que se pueden medir con los clásicos de los ochenta. El ejemplo claro fue Fight ‘Em Til You Can’t, donde combinaron la energía con la melodía de la voz. El esperado y extenso Indians se convirtió en uno de los picos de mayor intensidad, donde destacó un Joey Belladonna que exhibía con orgullo un muñeco réplica suya con las plumas de indio incluidas que había llevado un espectador.

Tras March Of The S.O.D. sorprendieron con unos telones en los que aparecían las imágenes de Ronnie James Dio y Dimebag Darrell. In The End, también del Worship Music, ejerció de tributo a los grandes héroes caídos del estilo en la fase más emotiva del show.

Los neoyorquinos cerraron con Among The Living por todo lo alto completando una hora de concierto y consiguiendo que la sala Santana 27 viviera una fiesta de las grandes. Se lo habían puesto difícil a unos Slayer que no podían descuidarse ante semejante recital de Anthrax. A Joey Belladonna prácticamente le tuvieron que sacar del escenario porque no paraba de despedirse de sus seguidores.

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SLAYER

Un enorme telón reproducía el logo de Slayer y alimentaba la expectación de una afición que explotó cuando se adivinaron las sombras de los músicos al subirse al escenario. El telón se desplomó y los californianos estallaron al ritmo de Repentless, el tema título de su nuevo disco. Con unas luces con predominio de tonos rojizos, Slayer abogaba por un thrash metal interpretado a un ritmo infernal y con una imaginería que siempre les entronca con lo oculto. Anthrax son festivos y luminosos mientras Slayer son serios y oscuros. Dos ramificaciones muy diferentes que culminan en un mismo género musical.

Tom Araya bramaba aferrado a su bajo mientras buena parte de las miradas se inclinaban hacia el lateral del escenario donde emergía el coloso Kerry King con sus tatuajes llamativos y unas cadenas de un grosor increíble que cuelgan de su cintura. Es evidente que la imagen de Kerry King es uno de los grandes iconos del metal en general. Postmortem y Hate Worldwide contrastaban las distintas épocas de estos grandes pioneros.

Cuando el guitarrista Jeff Hanneman enfermó y posteriormente falleció en 2013, Slayer habían tomado la mejor decisión posible. No apostaron por un nuevo valor, ni siquiera eligieron un músico con cierta repercusión previa. Ellos decidieron hacerse con los servicios del líder de una de las mayores bandas de thrash metal de la historia: Exodus. Con Gary Holt habían hecho el mejor fichaje posible, uno de los pocos músicos que podría suplir la presencia del emblemático Hanneman.

Holt no solo demostró su ya acreditada capacidad, sino que se le vio disfrutando en todo momento. Sin duda marca el contraste en un grupo donde la seriedad parece una de las señas de identidad. Kerry King es inmutable y Araya lo intenta, aunque tampoco puede evitar que se le escapen de vez en cuando sonrisas de satisfacción. Esa máscara que representa Slayer se hace añicos con un Gary Holt absolutamente cercano. El disco God Hates Us All fue protagonista con dos temas seguidos; Disciple y God Send Death.

Tras cinco canciones, los americanos se tomaron el primer respiro. Tom Araya se quedó absorto mirando a los fans, que le correspondían sorprendidos. Rompieron ese hielo con la brutalidad de War Ensemble, para volver a reivindicar su nueva obra con When The Stillness Comes y Vices. El batería Paul Bostaph impulsaba el motor del grupo con energía y sabedor de que siempre habrá quien no olvide la herencia de Dave Lombardo.

Mandatory Suicide, el clásico del South Of Heaven, puso la sala patas arriba con unas guitarras brutales y un Tom Araya que comandaba a sus bases. Rebuscaron en lo más profundo de sus orígenes con canciones como Chemical Warfare o Die By The Sword. Todo un contraste tanto con la nueva Implode como con la clásica Seasons In The Abyss, con la que cuajaron uno de los momentos más intensos de la noche, coronado por la interpretación de Hell Awaits.

Araya volvió a otear el horizonte antes de reanudar la batalla con Dead Skin Mask y World Painted Blood. Con la aguja marcando picos de máxima intensidad los cuatro músicos se retiraron para hacer un mínimo receso antes del bombardeo final, donde no anduvieron con medias tintas. South Of Heaven, Raining Blood y Angel Of Death demostraron el porqué de la imbatibilidad de Slayer.

Los aficionados que abarrotaron la sala Santana 27 eran conscientes de que habían vivido una noche difícil de repetir con dos de los cuatro grandes del thrash metal mundial. Ambos grupos habían cumplido o superado las expectativas con dos estilos muy dispares pero con un objetivo común. A la salida había división de opiniones de quién había estado mejor, pero ahí entraba más en juego la subjetividad de cada espectador.

KVELERTAK

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 ANTHRAX

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SLAYER

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